El triunfo de las redes centralizadas sobre las distribuidas (II)

En esta serie de dos entradas intentaré concentrar todos los términos más importante para entender el enfrentamiento entre la centralización y la distribución en la red, y como la primera, aún ofreciendo una dictadura autoimpuesta, cada vez está más masificada.

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En el anterior artículo, terminábamos con una sentencia arrolladora:

Los usuarios somos vagos por naturaleza, y preferimos que nos lo den todo hecho, a cambio de ofrecer algo tan aparentemente difuso como nuestros datos.

Y nada más lejos de la realidad, como así lo atestiguan los más de mil millones de usuarios de Facebook. Una red distribuida requiere de una predisposición del usuario a generar una plataforma interesante para sus propios intereses. Eso quiere decir que serás tú quien busque a tus amigos, serás tú quien decida qué blogs seguir, serás tú el que configure qué datos quieres mostrar al público.

Las redes centralizadas y los concentradores sociales, al disponer de toda es información, la ofrecen de forma innata en su servicio, y puesto que el gran porcentaje de usuarios de estos servicios son usuarios ocasionales y con conocimientos básicos de tecnología, unido al hecho que el contenido que se muestra en éstas redes son aquellos interesantes para sus proveedores, la dificultad inicial de un servicio distribuido aparece como una brecha insoldable.

Es por ello que hablar de 2.0 es hablar del fracaso de una nueva era en internet. Que algunos se empeñan en ocultarlo bajo la pretensión del 3.0, y otros del 2.0 tardío, amparándose en la frescura del software libre y la concienciación del RSS por parte de un sector activo en la red. José Alcántara habla en su blog de la promesa del 2.0:

La promesa del 2.0 era la promesa de la diversidad: gestionar tu agenda, las fuentes de las que te informas, la forma en que te informas. Prometía darte libertad para comunicarte con los otros sin intermediarios que merecieran llamarse medios

El fallo de los sistemas distribuidos no es tanto sus beneficios, o la poca innovación que hay en ellos, sino que el público al que van dirigidos se niega a perder el tiempo aprendiendo su funcionamiento, cuando existe otra manera de entender internet sencilla y directa, sin ningún conocimiento previo (de hecho, gracias al desconocimiento de lo que vendemos a cambio).

Porque hablamos de una sociedad que viene de una manofactura acostumbrada a escuchar lo que los medios querían que oyeses. Desde la televisión a la prensa, desde las revistas a la cartelería, lo que se muestra es lo que se quiere mostrar, y no únicamente lo que quiere el público escuchar. Un sistema que funciona, que simplifica la vida, y que es difícil de erradicar ya que depende de un remordimiento masivo y un sentido de los derechos a la privacidad personal.

Porque este internet que hemos creado funciona gracias los permisos que ofrecemos de nuestra intimidad, y a la escasa necesidad del control mediático por parte de los proveedores de servicios, algo que el día de mañana puede cambiar, y acabar con el sentido de libertad que se respira en la red de redes. Algún día Twitter puede decidir no mostrar enlaces a contenido externo (solo hay que mirar el último caso con Instagram). Algún día Facebook puede optar por mostrar a toda empresa que se precie los datos personales de nuestra cuenta sin precisar consentimiento alguno. Algún día Dropbox puede que vea oportuno hacer suyos los archivos que subiste a tu espacio, amparados por el contrato de ceda de derechos que tú mismo has firmado. Algún día todo esto puede llegar a ocurrir (si bien es verdad que algo tan extremista es difícil que ocurra), y entonces nos llevaremos las manos a la cara por haber vendido nuestra alma a las redes centralizadas.