libertades individuales

La pandemia provocada por el Covid19 ha supuesto una cura de humildad para nuestras sociedades. Hace bien poco muchos científicos, divulgadores, filósofos y doctores hablaban de cómo el ritmo de los avances tecnológicos, unido a los descubrimientos científicos y los nuevos tratamientos médicos iban acercando inexorablemente al ser humano a la inmortalidad. Decían que no pasaría mucho tiempo hasta que se hallaran fórmulas que ralentizaran de manera efectiva el envejecimiento, evitando cualquier tipo de enfermedad o degradación celular, y con ello, la muerte.

Nada más lejos de la realidad. El Coronavirus no ha hecho más que ponernos los pies de nuevo en la tierra. La irrupción de este virus ha puesto de manifiesto la fragilidad del equilibrio que mantiene las cosas en un estado saludable, mostrando la vulnerabilidad de la vida humana y su supeditación al entorno en el que se encuentra.

Pero esa fragilidad no se ha destapado solamente en el ámbito de la salud. El sistema que dábamos por sentado y que (al igual que ocurría con nuestra salud) parecía inquebrantable, ha empezado a mostrar sus brechas y sus vulnerabilidades en cuanto la situación ha empezado a apretarle las tuercas.  

Uno de los principales pilares que la enfermedad y sus efectos ha hecho tambalearse es el de las libertades individuales. Derechos tan fundamentales como la libertad de expresión, la libertad de movimiento o el derecho a la privacidad y a la protección de datos, entre muchos otros, se ha restringido en un gran número de países, llegando incluso, en algunos casos, a suprimirse en aras de contener la infección y evitar la propagación del virus.

Que sirva de ejemplo el caso de China o Singapur (el primero ya llevaba tiempo en estos derroteros, pero no tanto el segundo) donde los gobiernos han puesto en marcha medidas especialmente intrusivas relacionadas con el control y la vigilancia generalizada de la ciudadanía anteponiendo la identificación masiva al anonimato, con el fin de aislar el mayor número de casos y evitar contagios. Pero no son los únicos. Muchos países de Europa (un continente tradicionalmente mucho más comprometido y familiarizado con los principios democráticos y las libertades individuales) también han llevado a cabo medidas completamente inauditas hasta la fecha e impensables en cualquier otra situación.

Un reciente estudio (EN) de una de las compañías de seguridad más comprometida en derechos individuales, ExpressVPN, ha puesto de manifiesto la preocupación de los ciudadanos americanos por el mal uso que el gobierno pueda hacer de sus datos, y ha mostrado un creciente interés del ciudadano medio en proteger su privacidad (ES) online.

Desde las prohibiciones explícitas de movilidad que muchos países han puesto en marcha a través del establecimiento de procesos de confinamiento y estados de alarma masivos que otorgaban a los gobiernos capacidades especiales para aprobar normas excepcionales por vías extraparlamentarias, hasta restricciones a la libertad de expresión con los objetivos de evitar las propagaciones de bulos, noticias falsas o informaciones perjudiciales (y también, de paso, información que es molesta) que pudieran poner en riesgo la aplicación de la correspondiente normativa, pasando por normas (en muchos casos desproporcionadas) destinadas a asegurar la autoridad de los poderes públicos y las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. El catálogo de medidas limitantes de derechos puesta en marcha durante este periodo a la largo y ancho de nuestro país y en muchas otras regiones ha sido amplísimo y muy diverso. A esto hay que añadirle los nuevos sistemas de rastreo y vigilancia, o las aplicaciones y protocolos diseñados para monitorizar la localización y las actividades de los usuarios, todos ellos basados en las nuevas tecnologías y enfocados a registrar y acumular datos para poder pautar comportamientos epidemiológicos.

La pregunta, por tanto, es:

¿Están estas medidas justificadas? ¿Es necesaria toda esta batería de restricciones, prohibiciones, controles y monitorizaciones para poner a raya una pandemia?

Lo cierto es que no está claro. Como comentaba recientemente, encontrar el equilibrio en un estado de excepción como este es muy pero que muy complicado, ya que no tenemos histórico al que acudir. Es más, muchos de los países que han conseguido los mejores resultados en cuanto a la contención de la propagación han basado su estrategia en la planificación, la cautela, la transparencia y el diagnóstico precoz. Estos parecen ser los ingredientes del éxito, no la limitación a discreción de libertades.

La restricción de libertades individuales, aunque pudiera ser necesaria y efectiva en determinados contextos (siempre y cuando ésta se aplique de manera proporcional y excepcional), no se ha destapado como la vía más eficaz a la hora de evitar los efectos de la pandemia. Y está claro que esto afecta a sectores también críticos de la sociedad como es el económico, que claramente se verá acentuado (para mal) con la crisis que se nos viene encima.

Es realmente sacar conjeturas de un suceso tan extraordinario como este mientras estamos dentro de él. Podemos comparar los datos de muertes y contagios y la devastación económica y psicológica que ha azotado a muchos de estos países llevando a cabo las medidas limitativas de derechos más drásticas, y compararlos con los que han apostado por un control precoz, una claridad en la comunicación y una planificación avanzada.. pero estamos basándonos en datos que probablemente sean imprecisos (qué consideramos como fallecido por coronavirus, qué consideran como infectado en otros países si el reparto y la estrategia para diagnosticar el virus ha sido claramente dispar). Todo apunto a que la cohesión social y la responsabilidad conjunta son valores esenciales en esa batalla, y estos, precisamente, se nutren a través de la honestidad, la transparencia y la expansión de las libertades y derechos individuales, no a través de su restricción.

En cualquier caso, el verdadero problema que puede traer aparejada esa restricción de libertades individuales y el consiguiente aumento del poder de las instituciones del estado (en detrimento del de los individuos y la sociedad en conjunto), es que sus consecuencias se expandan en el tiempo más allá de lo necesario para frenar la enfermedad. La verdadera amenaza es que el Covid haya sido el pretexto utilizado por las autoridades para aumentar su control y su capacidad de vigilancia, y que cuando el pretexto desaparezca, se utilicen esas capacidades para fines injustificados.

Ante eso es ante lo que, como sociedad, debemos estar vigilantes. La historia en este caso sí nos ha demostrado que el acceso a dicha información por parte de agentes con fines maquiavélicos puede ser sencilla y llanamente catastrófica.

Porque un país en el que el gobierno está supeditado a los designios de sus ciudadanos y es controlado por ellos es una democracia; un país en el que los ciudadanos están supeditados y son controlados por el gobierno, es una tiranía. Sea quien sea ese gobierno. Sea cual sea ese país.

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