cripto cities

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2007 fue el año que saliera a la venta Bioshock (ES), un juego de ¿terror? en primera persona creado por la mente de Ken Levine, y con claras inspiraciones en la literatura steampunk de principios del siglo pasado.

El juego en sí funcionó bastante bien. Lo suficiente, de hecho, para que haya tenido, si no me falla la memoria, 2 secuelas. Pero lo que me interesa de Bioshock ahora mismo no es el juego en sí, sino su ambientación. Su transfondo. O dicho de otro modo: el lore.

Básicamente, en el juego, que ocurre en una ucronía de 1960, llegamos a la ciudad de Rapture, una ciudad distópica ficticia bajo el agua. El sueño húmedo de una mente privilegiada, Andrew Ryan. El Elon Musk de esta ucronía, vaya :D.

La idea detrás de la creación de Rapture era la de perseguir ese Santo Grial de un espacio social libre de la autoridad política, económica y religiosa del siglo XX. Un pequeño oasis en medio de las aguas internacionales donde reinaría una suerte de autarquía libertaria, y que debido a ello, atrajo rápidamente a las mejores mentes de la época:

La ciudad fue secretamente construida en 1946 sobre un relieve oceánico en la mitad del océano Atlántico usando los volcanes submarinos para proveer a la misma de energía geotérmica.​ El progreso científico floreció en Rapture conduciendo a un rápido desarrollo en ingeniería y biotecnología, gracias en parte a científicos brillantes que Ryan trajo a la ciudad.

Uno de esos adelantos fue ADAM, células madre cosechadas de una especie de babosas de mar anteriormente desconocida, la cual fue descubierta por la Dra. Bridgette Tenenbaum para tener la capacidad de regenerar tejido dañado y reescribir el genoma humano.​ En colaboración con el empresario y gánster Frank Fontaine y el doctor Yi Suchong crearon la industria de plásmidos, gracias a la cual los clientes podrían mejorar sus cuerpos con cualidades sobrehumanas.

Tenenbaum halló que ese ADAM podía ser producido en masa implantando a las babosas en los estómagos de niñas jóvenes, que eran tomadas de orfanatos, las cuales terminarían convirtiéndose en las Little Sisters.

Con el paso del tiempo, la brecha entre ricos y pobres aumentó. Frank Fontaine estableció asociaciones caritativas para apoyar a la clase marginada (algo antiético a la filosofía de Andrew Ryan). También estableció una operación de contrabando para suplir a los ciudadanos con artículos prohibidos de la superficie, tal como material religioso. Estos, junto con su control de la industria de plásmidos, lo hicieron inmensamente poderoso. Intentó derrocar a Andrew Ryan, pero la rebelión fue violentamente aplastada y Fontaine, según se informó, fue asesinado. Ryan incautó del negocio de plásmidos de Fontaine.

Al cabo de unos meses, una nueva figura, llamada Atlas, salió como el líder de la clase descontenta. En vísperas del Año Nuevo de 1959, Atlas y sus seguidores, infundidos con ADAM, comenzaron una nueva rebelión en contra de Ryan que se extendió por toda Rapture; esta rebelión dio nacimiento a los splicers, humanos dependientes del ADAM que mataron a la población cuerda durante y después de la rebelión, y son los únicos supervivientes después de la misma. Ryan, a su vez, comenzó a empalmar sus propias fuerzas, y su paranoia había alcanzado tal nivel que ahorcó a docenas de personas, la mayoría inocente, en la plaza principal de Rapture. Para lidiar con la escasez de ADAM, a las Little Sisters se les aplicó el condicionamiento pavloviano para recorrer la ciudad y extraer el ADAM de los muertos, reciclando el ADAM bruto en su estómago después de habérselo tragado. Los Big Daddy, humanos armados sin voluntad propia y sumamente mejorados usando escafandras, fueron creados por el Dr. Suchong, el científico detrás de muchos plásmidos, para proteger a las Little Sisters durante su trabajo.

Estarás ahora leyendo esto y te preguntarás que qué demonios tiene que ver todo esto con el mundo cripto, y más en particular por lo que estamos viviendo este último medio año.

Vamos por partes.

Volvamos al Mundo Real

La intrahistoria de crecimiento exponencial y caída de Rapture me está recordando mucho a lo que está sucediendo actualmente con las Bitcoin Cities.

Que es cierto que, que sepamos, el bueno de Nayib Bukele, presidente de El Salvador, por ahora no está haciendo pruebas genéticas con niñas huérfanas (pobrecito…). Pero es que todo lo demás suena bastante a la idea que tenía ese ficticio Andrew Ryan.

Bitcoin City, si es que algún día acaba por ser algo más que una idea de lechero en la mente de unos cuantos tecno-optimistas, sería una titánica ciudad que surge de una plaza central en forma de B a la falda del volcán (inactivo) Conchagua, en El Salvador.

La idea es que la economía local funcione, por supuesto, con Bitcoin, y la ciudad sea autosostenible energéticamente hablando gracias a a la energía geotérmica del volcán.

Los únicos impuestos que pagarán los residentes serán por los servicios y bienes comprados (el IVA), y se está intentando financiar gracias a la creación, por parte del gobierno, de un nuevo tipo de deuda llamada «Bonos Volcán», y valorada en 1.000 millones de dólares. La mitad de lo que se consiga se utilizará en la construcción de Bitcoin City y la minería de bitcoin con la que la ciudad contará, y la otra mitad, como era de esperar, se destinará a la compra de bitcoin, por eso de especular invertir por ver si el día de mañana se hacen ricos.

Y ojo, que El Salvador no está solo en esta nueva búsqueda de El Dorado.

En Honduras un proyecto semejante (EN) se ha encontrado con las reticencias de una parte significativa del pueblo, y a la mente a algunos se nos viene el recuerdo de aquel MS Satoshi (EN), un crucero que pretendía montar una Rapture en miniatura en aguas internacionales enfocada a que las empresas tuvieran su sede fiscal en ella permanentemente… y que en menos de seis meses acabó en saco roto.

O Cryptoland (EN), en las Islas Fiji, que fundió 12 millones de dólares antes tan siquiera de abrir las puertas.

O Akon City (EN), que viene apoyado por el cantante R&B Akon y supuestamente 6.000 millones de dólares, y que aún no ha empezado a construirse en Senegal.

Si algo tienen en común todos estos proyectos es que atraen interés en unas élites y entusiastas tecnológicos, seducidos por la idea de crear mini civilizaciones autónomas (y elitistas, si se me permite señalarlo) no dependientes de gobiernos nacionales. Una suerte de tecno-anarquías libertarias, donde la única norma grabada en fuego será la que dicta la economía del crecimiento tecnológico.

Por supuesto, a toro pasado todos somos expertos, y es cierto que es de esperar que si hay actualmente alrededor de 100 proyectos de Crypto-ciudades-estado (ES) sobre la mesa de unos cuantos magnates, lo más normal es pensar que la mayoría fracasarán (como está ocurriendo).

La duda, no obstante, es si en efecto estamos ante esos efectos secundarios (ramalazos sociales) de la curva del hype que en su día acuñó Gartner. Con un hype absurdo auspiciado por el crecimiento, también desbordado, de la economía crypto, es normal que surjan brotes de optimismo y fortunas filantrópicas que no les importe invertir buena parte de su capital en la creación de estas ciudades-estado.

A fin de cuentas, hay que recordar que todas tienen en común el hecho de buscar sitio en países tercermundistas. Lugares donde la inestabilidad política, social y económica es un must, y también donde, realmente, es posible llegar a plantear algo semejante.

No es por casualidad, por tanto, que a algunos nos recuerde a aquella fiebre que vivieron nuestros antepasados en la América Central de la primera mitad del siglo XXI, en lo que a día de hoy llamamos «repúblicas bananeras».

Por aquel entonces, los grandes conglomerados europeos aún controlaban buena parte de los territorios que hoy ocupan Honduras, Guatemala y Costa Rica, y frente a la sistematización y burocracia que reinaba en el viejo continente, surgió la necesidad de crear pequeños feudos económicos repartidos a lo ancho y largo de estos territorios.

Muchos de ellos acabarían con guerras internas, asesinatos en masa, o simplemente disolviéndose frente a un nuevo gobierno o algún grupo revolucionario con el poder suficiente para expropiarles el control.

Y en el otro lado del cuadrilátero, tenemos casos como los de Singapur, Dubái o Shenzhen, ciudades con una jurisdicción casi independiente de la regulación local, y que se levantan como algunas de las zonas de mayor crecimiento del mundo.

Y entonces, llega el «cryptomagedon»

En este escenario de hype exponencial, la realidad regulatoria y sobre todo geopolítica mundial nos vuelve a poner los pies en la tierra.

La semana pasada el bitcoin bajó a menos de la mitad de su valor máximo allá por 2021. Un 60% de valor perdido en apenas medio año.

Y no está sola. Ethereum ha perdido un 59%. Solana un 84%, Cardano un 85%, Shiba Inu y Doge un 85 y un 90% respectivamente.

Pero quien se lleva la medalla ha sido TerraUSD, uno de esos proyectos de stablecoin cuyo principal interés estaba en el hecho de estar pareada al dólar estadounidense.

Y hablo en pasado, claro, porque la semana pasada pasó de un valor medio de 120 dólares… a costar menos de un dólar. Ni tan siquiera sacrificando LUNA, otra de las criptos que usaban como aval (y que también se ha desplomado un 99% en apenas unas horas) ha sido suficiente para parar la quema.

Todo pese a que plataformas de intercambio de monedas como Binance, nuevamente, han bloqueado el cambio de divisas en estas monedas argumentando «congestión en la red», y que es una forma elegante de llamar hoy en día a un corralito.

Un inversor experimentado seguramente vea esto como lo que es: una oportunidad de comprar moneda en rebaja. Y es que sabemos que situaciones como estas van a seguir repitiéndose en décadas venideras, como históricamente ha ocurrido en las décadas que dejamos atrás.

La duda, no obstante, y que probablemente no tenga una única lectura posible, es si en efecto estamos en un momento de rebote drástico bajista que se recuperará con el tiempo… o en algo más.

¿Serán las Crypto Cities el futuro de las zonas regulatorias especiales, o meras ucronías de nuestro siglo?

Es aquí donde quería llegar.

Con El Salvador a punto de declararse en banca rota (ES) por culpa de su apuesta decidida por migrar su patrimonio a Bitcoin, es en estos momentos donde a uno le gustaría tener una bola de cristal y poder mirar a cómo estaremos dentro de 10, 20 o 30 años en el futuro.

Muchos de estos proyectos nacieron bajo el amparo de una tecnología (el blockchain) fuertemente pegada a los principios de descentralización, y que en esencia podrían dibujar un futuro donde, en efecto, el poder del ciudadano vaya bastante más allá de simplemente votar cada cuatro o cinco años al político o partido de turno.

Pero el mundo real es complejo, y algo así entra en conflicto con el status quo actual. Sea o no mejor a lo que tenemos actualmente (que no es mi interés meterme en estos derroteros), lo cierto es que hay interés en que las cosas no cambien. Recuerda que el ser humano, por pura supervivencia, huye del cambio siempre que puede.

De, en efecto, acabar por funcionar en un mundo real, quizás alguno de todos estos proyectos acabe por ser el próximo Dubái o la próxima City de Londres.

O quizás le pase como a Rapture, y nuestros descendientes miren hacia atrás sorprendidos de la ingenuidad de nuestra generación, y lamentándose por todas las vidas (figurada, y quizás también de forma literal) perdidas.

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Articulo exclusivo PabloYglesias