Apple y el valor de una capacidad operativa sin precedentes

La semana pasada quedará señalada en el calendario de muchos de los que nos dedicamos a esto de las nuevas tecnologías como un punto y aparte para la electrónica de consumo y los servicios financieros.

AppleWatch

Y justo le pilló a un servidor haciendo la mudanza (publicaré un artículo al respecto a finales de semana, cuando ya esté bien asentado), por lo que de antemano pido perdón por la tardanza en analizar lo que nos presentó Apple al término del IFA 2014.

Lo dije por redes sociales a quien me preguntó, y lo repito nuevamente por aquí. Veo absurdo pararme a hablar nuevamente de ese iPhone 6 que no deja de ser otro iPhone incremental. Tampoco del iPhone 6 Plus, el primer phablet de los de Cupertino, que llega tres años tarde al mercado. Ni siquiera del Watch, del cual ya expuse levemente mi opinión actualizando la entrada sobre El estado del arte del smartwatch después del IFA 2014. Un dispositivo que a todas luces (porque lo presentado es un prototipo, ni siquiera el producto final) está como máximo por detrás de la propuesta de Motorola y LG (y eso que hay poca competencia).

El verdadero éxito del evento de Apple tampoco ha sido la presentación del primer dispositivo de nuevo mercado de la era post Steve Jobs. Tampoco, como apuntaban algunos, a la paulatina segmentación del mercado (donde antes había un dispositivo para cada mercado, ahora empieza a haber dos o tres). Apple ha demostrado una vez más que es buena en lo suyo, y eso es en la capacidad de agitar el sector como ninguna otra.

Los relojes inteligentes llevan presentes cerca de dos años, y siguen, por ahora, estando destinados a un target claramente geek, prosumidor de tecnología, y que representa por tanto a una ínfima porción de la sociedad.

El Apple Watch llega justo en el momento adecuado para hacer ese llamamiento mundial que los wearables necesitan. Un dispositivo que seguramente no sea para tirar cohetes, y que incluso me atrevería a decir que va a estar muy por debajo de las expectativas que tenemos de un producto de Apple, pero que aún así ha conseguido llegar a la masa por medio de las casi inabarcables repercusiones sociales que tiene la compañía.

En cuestión de unos meses, el Watch llegará a los mercados de todo el mundo, sin problemas de existencias (eso si no interesa por cuestiones marketinianas) y se venderá como churros, puesto que tienen el logo de la manzanita.

Donde antes había un mercado apagado, incipiente, habrá un mercado que sentará las bases del nuevo negocio de la electrónica de consumo, con Apple nuevamente a la cabeza, pese a que no tenga el mejor dispositivo ni el más funcional.

Caso semejante para el otro gran producto “revelación” de los de Cupertino (nótese las comillas): Apple Pay, o lo que es lo mismo, pagar digitalmente. PayPal, Square, Google,… y si me apura hasta Visa llevan en este mercado varios años. La mayoría apostando por el NFC, que de facto tenía todas las papeletas a ser el protocolo por defecto para comunicaciones de contacto ¿El único impedimento? Una Apple empeñada en sus iBeacons.

Ahora llega Apple Pay, ¡y voilà! Cientos de miles de personas empezarán a usarlo. El NFC vuelve a estar de moda, y el mercado de pagos digitales por fin empezará a crecer, con una Apple como gran vencedora ¿Producto innovador? Para nada. Simplemente una logística y una gestión de las expectativas sencillamente brillante.

Los principios de la religión, del culto de la Iglesia, aplicados al mundo empresarial.

La gran propuesta de la Apple post Steve Jobs es la misma que la de siempre: Llegar tarde, con un producto atractivo (que no tiene porqué ser el mejor), tirar del inmenso buzz mediático con el que cuenta, y resucitar un mercado que no ha conseguido despegar aún, o no ha sido aprovechado por la competencia.

Y no tengo claro si esto es bueno o menos malo :).