Caminando por el Parque del Retiro conocemos la historia de Mario, un jubilado de la construcción, de familia de emigrantes, que asegura haber descubierto la forma de vivir para siempre.


vivir para siempre

Foto tomada a Mario en el Parque del Retiro. Cristina Arbeyal – Fotógrafa del medio

Por Pablo F. Iglesias

MADRID – Son las once de la mañana, y bajo por el Barrio de Salamanca rumbo a mi cita con Mario Cernuda Camacho, un salmantino «de los de verdad«, hijo de emigrantes europeos con una historia interesante que contar. Y es que, asegura, ha encontrado la manera de vivir para siempre.

Pero empecemos por el principio.

Esta mañana, a eso de las siete, leo en mi terminal la petición de amistad del susodicho, un completo desconocido para mi, con un texto como el que sigue:

Hola Pablo, encantado.

Soy un gran admirador tuyo. Muchas gracias por deleitarnos cada mañana con tus palabras, acompañándonos con la sabiduría de tus historias nuestro desayuno.

Te escribo porque creo que tengo algo que contar que a los lectores les puede resultar interesante.

He descubierto la manera de vivir para siempre.

Sí, tal cual.

Y no estoy loco. Al menos no más que la media.

Si te interesa oír toda la historia, te espero hoy a las once y media de la mañana en uno de los bancos que lleva al Ángel Caído del Retiro.

Un placer.

P.D.: Solo puede ser hoy, y a las once de la mañana. Luego te explico por qué.

Acepto a regañadientes. A fin de cuentas, es mi perfil profesional, y por absurdo que parezca a priori la petición, es mi deber como columnista conceder el beneplácito de la duda a cualquiera de mis queridos lectores.

Dicho y hecho.

Tras una breve conversación con Mario, hay «buen feeling», así que aviso en el trabajo de que tengo una cita con un posible testigo*, termino con las labores matutinas, y tras revisar que, en efecto, la app del tiempo da un esplendido día caluroso de principios de Marzo, recojo mi macuto y pongo rumbo a la escultura del Ángel Caído.

Poco antes de llegar –diez minutos antes de y media–, me encuentro a un lado del paseo, sentado en uno de esos bancos de madera, a un hombre bien entrado en años, de pelo canoso, y armado con un bastón que reposa plácidamente a su regazo.

Varias palomas sedientas de llevarse al buche algún manjar humano lo vigilan a escasos cuerpos de distancia, con movimientos erráticos pero uniformes en derredor suyo.

Mientras me acerco, Mario saca de una bolsa de cartón lo que más adelante descubriría que es un bocadillo de calamares, y esparce como buenamente puede –de la forma más errática y uniformemente posible– la mayor parte de la cara superior del bocadillo.

Se percata entonces de mi presencia, por lo que guarda el resto de nuevo en la bolsa, y hace ademán de levantarse para estrecharme la mano.

Le digo que no hace falta, que el placer es mío, y comienza en aquel momento una de las charlas más extrañas, a la vez que evocadoras, que he tenido en mi vida como trabajador de este medio.

Se presenta, como decía, como Mario Cernuda Camacho, o Mario C. Camacho, como me pidió que lo reseñara en esta pieza. Tiene 89 años, es abiertamente de derechas, y ha trabajado la mayor parte de su vida como «empleado» de la construcción –sin precisar el cargo o cargos que haya desempeñado en tal oficio–. Nació en Zurich, en el seno de una familia inmigrante del centro de Europa, tras los estragos que dejó La Descentralización, aunque reconoce Salamanca como su ciudad natal –pasó buena parte de su infancia allí–, y Madrid como la ciudad que le acogió en su época adulta.

No tiene descendencia directa, tras la muerte precoz –¿acaso hay alguna muerte que no lo sea?– de su mujer, Sofía, a la tierna edad de cincuenta y siete años. Desde entonces, no ha rehecho su vida, y esta es una de las razones que le llevasen, tras jubilarse, a embarcarse en la titánica búsqueda de una manera de seguir con vida para siempre.

Una tarea hercúlea para la que el bueno de Mario asegura haber encontrado solución hace apenas cuatro años.

Pero no adelantemos detalles.

Quédate con la idea de que, no, Mario C. Camacho no es uno de esos afortunados «mejorados». Es más, no hizo falta más que hablar con él cinco minutos sobre la mejora genética** para darme cuenta de que se opone frontalmente a ella.

Y ya no solo por considerarla elitista –algo obvio a estas alturas–, sino porque Mario es, ante todo, una persona de fe religiosa, y la considera por tanto ir «contra natura».

Eso y porque, según sus propias palabras, «la mejora genética es el principal enemigo que tiene el planeta en los años venideros».

Cito textualmente:

El hecho de que en base a las nuevas terapias genéticas sea posible alargar la vida de cada vez más y más personas, unido a la esperable reducción paulatina de su coste, y por ende a la masificación de dichos tratamientos, generará en el mundo una crisis de sobre-población que pondrá en riesgo extremo la supervivencia del resto de seres vivos del planeta, alterará dramáticamente el cambio climático, y con ello nos conducirá al fin de la especie humana y de toda vida que pueble nuestro querido trozo de Universo.

Firme detractor, por ende, del que hasta el momento consideraba el único camino posible hacia esa ansiada inmortalidad, la propuesta de Mario es a la vez simplista y esotérica.

Además, considera que su método, si bien radical, no contraviene la palabra del Señor, y es, para colmo, «eco-friendly».

¿Que de qué método estoy hablando?

Pues el que ha seguido Mario todos estos supuestos «últimos» años, que no es otro que vivir día tras día… el mismo día.

Para ello, este jubilado de la construcción asegura haber creado un aparato, que me muestra entusiasmado, por el cuál vive ajeno al paso del tiempo, como si de un ente fuera del espacio cuatridimensional normativo se tratase.

Un pequeño dispositivo electromecánico –muy a lo Blade Runner si me permite el símil nostálgico el sector friki de la audiencia–, cuyo diseño no se aleja mucho de una pluma o un bolígrafo venido a más, con dos espacios abiertos donde debería estar respectivamente la punta y la cabeza.

Según Mario, dicho utensilio, que él llama coloquialmente «mi tesoro», genera a su alrededor una curva temporal que lo mantiene aferrado a un día concreto. Al día de hoy –hace tres jornadas para los que estéis leyendo esto el día de su publicación–, para ser más exactos.

Le pregunto entonces que si tiene maneras de demostrármelo, y me enseña su documento de identidad, por el cuál, en efecto, el señor Mario C. Camacho debería tener 93 años.

Le respondo que eso no prueba nada, y el lo comprende, asegurándome de que es capaz de saber qué va a pasar en el día de hoy en cualquier punto de Madrid.

Que en estos cuatro últimos años –para él– se ha recorrido literalmente este mismo día una y otra vez por cada calle, conociendo a muchas de las personas protagonistas de las historias que muy probablemente entre hoy y los próximos días cubriremos en la redacción.

Con ello, me envía al Reminder un documento donde tiene anotados todos estos sucesos.

Y me invita a hacer investigación periodística para certificar la validez de los mismos.

Poco después, y tras unas cuantas preguntas y respuestas vagas, da por concluida la charla. Coge lo que le queda de su bocadillo de calamares, su bastón, y se aleja como un jubilado más al amparo del sol del mediodía.

De todo esto ha pasado ya más de 48 horas, y me encuentro actualmente ante la disyuntiva, a priori absurda, de dar validez a tal historia, o de considerarla poco más que un mero truco de magia bien orquestado. Pero lo cierto es que en ese documento que Mario me hizo llegar alrededor de las doce del mediodía hay reseñados acontecimientos que, en efecto, ocurrieron esa misma mañana, y lo que es aún peor, ocurrirían esa misma tarde.

Algunos fáciles de haber predicho, hasta cierto punto, como un par de robos en el rastro, o una pelea que se fue de madre en el Matadero. Pero otros que, sinceramente, no llego a verles el cartón si no es cayendo en teorías de la conspiración. Varias muertes naturales, cuatro accidentes de coche, y así un largo etcétera.

Que no encuentro razón alguna de que pueda haber sido una jugada maestra de alguien con la capacidad de viajar en el tiempo, sin pensar que, en efecto, Mario trabaja con un equipo de literalmente centenares de personas que de una u otra manera han preparado todo para que un pobre columnista pierda el juicio.

Lamentablemente, tanto si es lo uno, como si es lo otro, me temo que nunca llegaremos a saberlo con la suficiente certidumbre. El señor Mario Cernuda Camacho no ha vuelto a ser visto en el piso de alquiler que tenía en Lavapiés, y los pocos que lo conocían aseguran no saber nada de él desde principios de semana.

Sencilla y llanamente, ha desaparecido de la faz de la tierra, y puesto que no ha hecho nada considerado ilegal, es mayor de edad, y tampoco hay nadie cercano con la potestad de emitir una denuncia de desaparición que sea tomada con un mínimo de seriedad por las autoridades, será una de esas historias que me atormentarán el resto de mi vida.

¿Es científicamente posible algo así como lo que supuestamente permitía a Mario llevar viviendo los últimos cuatro años de su existencia en el mismo día? ¿Es en la práctica posible poner de acuerdo a centenares de personas para que el mismo día, y en una ciudad de más de siete millones de habitantes, sean testigos, víctimas y/o causantes de la más diversa tipología de noticias?

* Dentro de las oficinas del medio es así como denominamos a aquellos que tienen algo que contar potencialmente noticiable.

** Desde hace una década es uno de los temas candentes de la sociedad, con tantos partidarios como detractores.

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