La doble cara de las barreras de entrada y acceso tecnológicas

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Leía este fin de semana el reporte del Banco Mundial sobre El reparto de los dividendos digitales (ES/PDF), y de todo lo allí expuesto (casi 60 páginas, guárdese un rato largo para disfrutarlo), me quedo con con algunos puntos que comparto por aquí:

“Los pobres se benefician de las tecnologías digitales, aunque solo en pequeña medida si se tiene en cuenta el verdadero potencial que estas encierran. Casi 7 de cada 10 personas que se encuentran en el quintil más bajo de la escala económica de los países en desarrollo posee un teléfono móvil, tecnología que les permite un mejor acceso a los mercados y a los servicios. […](Estos) pueden beneficiarse de las tecnologías digitales aun cuando no posean un teléfono móvil o una computadora. Por ejemplo, las cédulas de identificación digitales que otorgan una identidad oficial a millones de personas aumentan su acceso a una gran cantidad de servicios públicos y privados. 

[…]No obstante, los pobres solo están recibiendo una parte muy pequeña de los dividendos digitales. Aunque la mayoría de las personas pobres posee un teléfono móvil, no tienen acceso a Internet o no pueden pagar el servicio. […]En las economías avanzadas, los pobres (se) enfrentan (a) un panorama de salarios estancados y menos oportunidades, ya que cada vez más se ven obligados a competir con trabajadores que han sido desplazados por la automatización. 

[…]Los rápidos avances tecnológicos permitirán cada vez más a los pobres financiar y utilizar muchos servicios digitales. Pero su capacidad para obtener dividendos de estas inversiones estará determinada en gran medida por la presencia o la ausencia de los complementos analógicos.”

Y de las competencias tecnológicas, añadiría. Lo que me lleva a escribir este artículo.

La democratización y el acceso informativo que supone la era de Internet

Es un tema constante en esta santa casa. Internet ha permitido que por primera vez en la historia de nuestra civilización, pueda existir una conciencia global, no limitada geográficamente. Pero ojo, que el que pueda existir esta conciencia no significa que tenga que haberla.

El cambio, aunque trivial, es terriblemente importante.

Sin ir más lejos, un servidor consume muchísima más información que afecta a buena parte de la sociedad mundial que de lo que ocurre en mi ciudad. En cambio, la información que le llega de fuera a mi madre es mínima en comparación con la que consume de su ciudad y de su provincia.

La razón, por tanto, radica en la decisión de uno y de otro de informarse en uno u otro espacio. Un servidor se mantiene actualizado tanto por Twitter como por blogs y medios digitales, lo que hace que la conciencia de quien escribe esté más cercana (paradójicamente) a la actualidad mundial, y no tanto a la local.

Por otra parte, mi madre se informa principalmente viendo el canal autonómico y leyendo el periódico, que como cabría esperar, dan más valor a la información cercana.

Las dos opciones son correctas. Lo único que cambia son las necesidades de uno y otro. Para mi madre, estar al tanto de lo que ocurre en su ciudad es sin lugar a dudas más útil (a nivel de supervivencia en el colectivo, si me apura) que lo que lo es para mi, que por la idiosincracia de mis labores, suelo tener más contacto con los de fuera que con los vecinos.

¿Qué pasa entonces cuando, en algún sector específico, la demanda informativa digital aporta mejores competencias que la analógica?

Se crean desigualdades sociales, que en este caso (el tecnológico) no vienen de la tecnología, sino de la decisión o necesidad del individuo.

Esa misma ruptura de las barreras de entrada y acceso a la información que ofrecen las nuevas tecnologías se vuelven un lastre para algunos estratos de la sociedad, que bien sea por decisión propia, bien sea por desconocimiento, bien sea por dificultades varias, se quedan atrás.

Es la historia de nuestra civilización. Una nueva era requiere nuevas herramientas, y el conocer o no cómo utilizarlas hace que al final esa nueva revolución favorezca más a aquellos que han sabido/podido enfrentarse a sus retos, que a aquellos que no quieren/tienen tantas aptitudes para ello.

Así, unas barreras se rompen (principalmente tecnológicas), y otras se levantan (principalmente sociales), y lo que a priori es un paso positivo para toda la sociedad, lo es más para unos que para otros.

Se genera entonces una mayor desigualdad, normalmente representada a nivel económico, pero que afecta a todos los ámbitos donde la economía está presente (economía del conocimiento, economía laboral, economía social, economía del éxito), que se agranda cada vez más.

Y aquellos que pertenecían al estrato social más alto, y que han sido incapaces de interiorizar el cambio, ven cómo de pronto un porcentaje de esa clase obrera (si es que podemos seguir considerándola como tal) pasa a ser clase media, y un porcentaje de esa nueva clase media, los empuja fuera del mercado.

Esa misma situación ocurre hacia abajo, con una clase media incapaz de afrontar el cambio, relegada a la clase menos favorecida, y parte de esa clase menos favorecida en riesgo de exclusión.

Luchar contra esta dicotomía es muy, muy complicado. Pero el fallo, recalco, no está en la tecnología (que de hecho, ha democratizado el conocimiento y el acceso a la misma), sino en los cíclicos movimientos sociales que hacen a algunos (aquellos que han apostado por el cambio) prosperar, y a otros, salir escaldados.

Una revolución tecnológica que para colmo está destruyendo el status quo del trabajo, empezando por aquellas labores manuales (heredadas, principalmente, de la última revolución tecnológica, la industrialización), y siguiendo por puestos intermedios e incluso puestos de alto cargo. Que para colmo, coge tracción (conforme mejor preparado estás para afrontar el cambio, más prosperas, y mejor estás preparado para afrontar nuevos cambios), lo que dificulta aún más la ansiada igualdad.

En medio, un porcentaje de la sociedad que, influenciado quizás por ese aparente escepticismo tecnológico, por unos círculos amparados en el conocimiento de antaño, o por unas necesidades críticas que solventar, se están quedando atrás en esta revolución tecnológica.

Y es una verdadera pena, ya que con mayor compromiso de esa clase media privilegiada, con mayor aporte por parte de los medios generalistas (generalmente dependientes de la antigua clase alta), con unos gobiernos más interesados en democratizar el acceso a estas herramientas y no en establecer sociedades controladas, y con una educación (social e institucional) sensata sobre el papel de la tecnología, estamos en la potestad de que aunque no erradiquemos este problema (lamentablemente, todavía no estamos preparados para un escenario de igualdad social), sí podemos minimizar sus efectos.

Principalmente, donde de verdad importa, que es en los estragos más bajos. Que caigan los de arriba no es algo que debiera preocuparnos en demasía.