El atractivo de contar con zonas libres de tecnología

REV

Hace unos años recuperé, casi de forma fortuita, uno de esos hobbies que llevaba mucho tiempo abandonado: el de participar en eventos de rol en vivo.

¿Que qué es eso, Pablo? Pues no deja de ser una excusa para que un grupo de personas (conocidos y desconocidos) se junten unas cuantas horas (o unos cuantos días) en algún lugar para desconectar, «actuando» frente al resto como si fueran otra persona.

Quizás lo más cercano que ha trascendido fuera del mundillo son los cada vez más comunes escape rooms, que como su propio nombre indica se tratan de unas experiencias que juegas junto con tus amigos en algún local que ha sido preparado para poner a prueba vuestra inteligencia, intentando descifrar la manera de salir de él.

Y también están, como no, toda esa nueva oleada de eventos de running ambientados generalmente en mundos posapocalípticos donde los zombies o infectados hacen acto de presencia. Una excusa, a fin de cuentas, para hacer una carrera en la que además de tener que llegar a un punto en el menor tiempo posible, tienes que escapar de otros corredores que están maquillados y vestidos como si fueran estas viles criaturas, y cuya misión, por supuesto, es «intentar cazarte».

Los eventos de rol en vivo, o REVs, van un pasito más allá. Los hay de varios tipos (que si de salón, que si nórdicos, que si de tipo gymkana…), pero en líneas generales todos tienen en común el hecho de que cada jugador tiene un papel (un rol) específico, habiendo otros (la administración, colaboradores) encargados de actuar como lo que se llama Personajes No Jugadores, y entre todos intentar solucionar una serie de tramas que pueden o no haber estado previamente diseñadas.

En algunos la gente se disfraza (el atrezzo, que se llama), y en otros no. Algunos duran apenas un par de horas, y otros llegan a durar un fin de semana o incluso un par de semanas. Pero todos tienen en común la necesidad (e interés) de desconectar del día a día. De alejarse por un momento de nuestros quebraderos de cabeza, y disfrutar de una experiencia en la que no suele permitirse el uso de smartphones.

Lo mismo que en el cine. Lo mismo, de hecho, que en cada vez más espectáculos (música, teatro…).

El papel de la desconexión en el disfrute

En un mundo permanentemente conectado, cada vez más añoramos esos momentos de tranquilidad fuera de la inmediatez informativa a la que estamos sometidos en nuestro día a día. La fatiga digital, y el FOMO (fear of missing out) son problemas reales que afectan cada vez más a un porcentaje significativo de la sociedad.

Aún recuerdo ese primer REV en el que me tocó hacer de un comerciante en la grecia antigua (imagen que encabeza este artículo), y no solo por el juego en sí, que disfruté por supuesto como un enano, sino porque durante un fin de semana estuvimos prácticamente aislados en una aldea en medio de las montañas de Cáceres (ALDEÁLIX).

Que hasta entonces era seguramente la primera vez desde que tenemos smartphones y trabajo en esto de las nuevas tecnologías que había pasado tanto tiempo desconectado.

Y mejor aún, sin echarlo de menos.

REV La Venganza Lapislazuli, celebrado en 2017 en Asturias

Los beneficios de una desconexión controlada

Creo que a estas alturas no hay que pensar mucho para caer en el valor que nos aporta la desconexión controlada.

Un servidor, como ya sabréis bastantes, ha pasado de vivir en el centro de Madrid a paulatinamente alejarme de la urbe, estando desde hace unos pocos meses disfrutando de la vida campestre en un pueblo de apenas 1.000 habitantes.

Que es cierto que me lo puedo permitir por el simple hecho de ser alguien que trabaja prácticamente en remoto. Que quitando charlas y formaciones el resto de mi trabajo diario lo puedo hacer desde cualquier sitio desde el que haya acceso a red.

Por Ciby Lab publicaron hace unos años un estudio (ES), a su vez basado en la Teoría de la recuperación de la atención desarrollada ya en los años 80 por Rachel y Stephen Kaplan, sobre el impacto que tenía la desconexión a la hora de mejorar nuestra capacidad de atención y concentración:

A un grupo de voluntarios se les animó a que «desconectasen» mediante paseos por un bosque, mientras que otro grupo hizo lo propio por la ciudad.

¿Cuales fueron sus conclusiones? Pues que aquellos sometidos a una «desconexión» en la urbe demostraban una actitud menos positiva y eran capaces de encontrar soluciones «menos constructivas» a los problemas que los investigadores les plantearon a posteriori.

Que desconectamos menos, pese a que nunca hemos tenido tantas excusas (servicios de streaming, internet, redes sociales…) para desconectar como hasta ahora. Por el simple hecho de que todos estos servicios han sido diseñados para que pasemos más tiempo en ellos (les va literalmente el negocio en eso), no para que descansemos (y por tanto fomentemos una mirada más sosegada y creativa ante eventuales retos futuros).

Lo que por supuesto genera un estado continuo de alerta (esa presión por elegir correctamente qué serie o película vamos a ver en Netflix, esa carga emocional que tiene el sistema de cuantificación de likes y shares al que estamos permanentemente sometidos en redes sociales…).

Sin olvidar el impacto que tiene la vida rápida de la ciudad a nivel puramente clínico (los ciudadanos que viven en grandes urbes consumen, de media, más antidepresivos que los que lo hacen en el campo).

¿Significa entonces que todos tenemos que volver a repoblar los pueblos? Pensar eso sería utópico (aunque no estaría de más :D).

Pero, ¿y si intentamos acercar los beneficios de la desconexión a las grandes urbes?

¿Y si, como dicen los chicos de Sidewalk Labs (la compañía de Alphabet, la matriz de Google dedicada al desarrollo urbano) generáramos en las ciudades espacios verdes que además sean libres de redes (EN)?

Unos parques en los que, en base a inhibidores de señal, los smartphones no tuvieran conectividad, fomentando entonces esa desconexión (y mejor aún, sus beneficios) de la que hablábamos.

Una pequeña vuelta de tuerca a la idea de espacios verdes actualizada a una realidad que difiere mucho de la que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos, y que por ahora el desarrollo urbano ha obviado por completo.

Unos espacios para volver a estar con nosotros mismos. Que es algo que paradógicamente hemos perdido en el trajín diario de nuestros días.

Hobart, en Tasmania, es una de las primeras ciudades en subirse a este carro (EN), y en vista de cómo se está desarrollando el proyecto, quizás en unos años sea algo que la ciudadanía de nuestro país acabe demandando.

Un añadido que solo puede sumar, habida cuenta de que nadie va a estar obligado a utilizarlo si no lo desea.

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Este artículo ha sido publicado previamente en HackerCar (ES) dentro de mi acuerdo de colaboración como Experto Hacker del medio.