La pérdida del valor testimonial [relato distópico]

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Era cuestión de tiempo que una situación semejante acabara por explotar.

Después de años de idas y venidas, de pagar las consecuencias de una absoluta hegemonía tecnológica, La Historia Patrocinada, a la cual ya le dediqué unas palabras no hace mucho, dio señales de flaquear.

Los beneficios multimillonarios de Reminder, esa aplicación de compartir recuerdos que de facto acabó por volverse la única verdad aceptable para el grueso de la sociedad, bajaron drásticamente cuando algunos de los más importantes influencers del momento lanzaron (por Reminder, por supuesto) un llamamiento al boicot de la plataforma.

La situación era insostenible

Reminder se había transformado con el paso del tiempo en algo más que una simple herramienta. Para empezar, era, a efectos prácticos, obligatoria si alguien quería disfrutar de la vida en colectivo, lejos de aquellos “salvajes” hacinados en los últimos sectores libres de tecnología.

De la puntuación que uno recibiera en Reminder dependía, en buena estima, la capacidad que tendría él y sus allegados a obtener un trabajo digno, una casa, una hipoteca, del poder o no comprar bienes considerados de lujo, del acceso a centros de ocio, de encontrar una pareja…

Cada año, no obstante, se calcula que en el mundo civilizado cera de un 2% traspasaba ese umbral invisible que suponía tener un K menor de 1,5, haciendo saltar todas las alarmas. Un 2% de los ciudadanos que de facto se veían, por el motivo que sea, excluidos de la sociedad. Porque ya no era que con ese índice no pudieran acceder ni siquiera a los bienes básicos para la vida en colectivo, sino que el resto se encargaba de erradicar de sus vidas a los “unos” a sabiendas que cualquier interacción, física o virtual con estos individuos, podría pasarles factura a su propio índice.

Pero claro, esto solo afectaba a un 2% de la sociedad. El 98% vivía con la esperanza de arañar algunas milésimas en su K que les permitiera a ellos, o a las próximas generaciones, tener una vida más reputada. Y eso, en la mayoría de los casos, pasaba por mantener día tras día una careta de lo políticamente correcto que les llevara a tener relación con otros ciudadanos de K superior, a apostar por puestos de trabajo cuyo multiplicador (controlado, como bien sabe, por la oferta-demanda del mercado) era más acentuado, y a establecer, en definitiva, una estrategia de vida afín a los designios del algoritmo que regulaba el índice K en Reminder. Un algoritmo gestionado por Sarah, la IA a la que el mundo civilizado había delegado su propio rumbo.

Tuvieron, no obstante, que ocurrir varios infortunios para que “El Levantamiento” se llevase a cabo:

  • El primero fue de carácter puramente económico, y es que las zonas libres de tecnología, donde vivían los “unos” y el resto de parias de la sociedad, empezaron a crecer hasta el punto de plantear una seria amenaza para el futuro de la sociedad civilizada. Cierto era que estas “sociedades” (por llamarles de alguna forma) no podían competir armamentísticamente con la nuestra, pero el problema radicaba en el hecho de que los parias no estaban convenientemente identificados en el sistema, y esto mismo que de hecho los había empujado fuera de la sociedad civilizada se volvía una de las mayores armas contra nosotros:

¿Qué castigo le puedes poner a alguien que no está dentro de la ley?

¿Le bajas medio K? ¡Si lo mismo ni tiene cuenta! Y si la tiene, ¡ya es posible que esté por debajo de 1,5!

¿Hacemos otra Limpieza? Pues a ver quién es el representante político que decide destinar los recursos necesarios para mantener el statu quo dentro del mundo civilizado a tamaña empresa, a sabiendas que tanto su partido como su propio perfil de Reminder va a verse fuertemente afectado por una medida tan impopular…

  • El segundo vino de la mano de un movimiento de carácter puramente social. Poco a poco lo políticamente correcto fue dejando paso a una realidad al parecer distinta a la que pintaban los relatos de Reminder. La vida en la sociedad civilizada no era, a fin de cuentas, tan bonita como se pretendía que fuera. El que millones de personas mostrasen siempre la mejor faceta de su identidad estaba creando en el individuo una disociación del Yo que empujaba a cada vez más personas a recurrir al suicidio como única vía de escape. El que para todos los K 1.5-2.3 el acceso a un profesional de la marca personal (una manera más políticamente correcta de denominar a los antiguos psicopedagogos) estuviera contemplado por ley en la mayoría de países, parecía no tener el impacto necesario, habida cuenta de que había víctimas tanto en K bajos como altos. Muertes como la del Youtuber RomaArgh o la cantante #MariaJ causaron bastante revuelo, y abrieron, aunque fuera de forma aislada, grupos de opinión ajenos al control de Reminder donde la gente hablaba sin tapujos de sus problemas.
  • Conforme el movimiento se fue acentuando, era cuestión de tiempo que algún suceso desencadenara la caída en desgracia del sistema tecnosocial. Y en este caso fue los acontecimientos alrededor del supuesto hackeo masivo a Reminder.

La pérdida de la confianza en el Sistema

Los servidores de Sarah, controlados desde hacía tiempo por la propia inteligencia artificial, fueron comprometidos, presumiblemente por algún grupo de estos descontentos, y quizás bajo el apoyo logístico de los enemigos habituales del mundo civilizado.

El caso es que el sistema que hasta entonces se había asegurado de mantener una única verdad sobre cualquier suceso (aunque ello supusiese modificar sutilmente los recuerdos gráficos de cada uno de los usuarios), empezó a mostrar contradicciones.

Algunas tan sencillas como que, de pronto, un usuario asegurara que había estado con Pepito tal día tomando una cerveza, y el otro, tras consultar su Reminder, asegurara con pruebas incuestionables que en vez de una cerveza había sido un refresco. Una consulta rápida a cada uno de los timelines demostraba que al parecer los dos tenían razón. Cosa, por otro lado, imposible.

Y por supuesto, otras más gordas, como “fallos” en el índice K aparentemente aleatorios que ascendían a números altísimos de pronto a perfiles medios y viceversa, sin olvidar sucesos masivos (como los atentados en Francia, México o España) cuyos recursos gráficos mostraban diferentes versiones del mismo.

De pronto la realidad era un elemento subjetivo del espectador. ¡Habíamos vuelto a principios del siglo XXI! Solo que para colmo ahora teníamos las herramientas para demostrar fehacientemente que esto era así.

Y a sabiendas de esto, ¿cómo podíamos seguir basando nuestra vida en colectivo en un sistema que claramente no era objetivo en los hechos presentados? ¿Cómo podría la sociedad civilizada seguir siendo una sola si cualquier suceso dependía de la óptica con la que el espectador lo miraba, y no de una verdad absoluta y conciliadora?

Ver en Youtube (EN)

Si incluso nuestros recuerdos gráficos (imágenes, vídeos y sonidos) no concuerdan con los que otra persona tiene de un mismo suceso. ¿Quién tiene razón entonces? ¿Por qué debería yo aceptar lo que el perfil de esa persona dice que ocurrió cuando yo “recuerdo” en mi perfil que ocurrió de otra manera?

Si las pruebas gráficas son cuestionables, no hay una verdad absoluta, ergo el sistema falla. Y si el sistema falla, ¿qué nos va a ayudar a mantenernos juntos ahora?

 

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Inspirado en la proliferación de servicios como Lyerbird (EN), capaz de emular la voz de cualquier persona, o proyectos académicos como Face2Face (EN), capaces de trasladar los gestos de una persona a una “skin” de cualquier otra previamente almacenada en el sistema.

Puedes leer más de estas piezas distópicas bajo el tag Relatos.

También tienes a la venta la versión ePub y física (tapa blanda) de esta serie, con un prólogo y un relato exclusivo.