elden ring review

Tras 86 horas de juego, repartidas en algo más de un mes, puedo decir que ya he terminado Elden Ring con esta chica que ves en la imagen que acompaña este artículo.

Una astrónoma pura, que ha llegado a nivel 165 con 80 de Inteligencia, y el resto repartido entre vigor, mente y aguante.

Creo que en su día subí dos o tres puntos en destreza para poder utilizar de segunda arma la Wakizashi (básicamente quería tener un arma rápida y poco pesada para poder ponerle la Ceniza del Paso del Sabueso).

De arma principal, el que probablemente es el mejor báculo que existe a +10 (el máximo de este arma), el que llevamos todos los astrónomos, por eso de que éste en particular hace que los encantamientos hagan más daño a costa de costar más PC.

De armadura iba cambiando según el boss o lo que me apeteciese (en los souls no suele ser un elemento crítico), y de encantamientos los que seguramente, si estás metido «en esta mierda», sabes que usan todos los astrónomos (combo de Kame hame ha incluido :D).

86 putas horas dedicadas a este juego (y al parecer, viendo opiniones, he ido muy rápido), y en las que básicamente he hecho casi todo lo que se puede hacer en una primera partida. Me quedará seguramente alguna quest secundaria (las importantes sé que las he hecho), me habré saltado algún midboss que esté oculto en alguna cueva, o alguna mazmorra secundaria que no haya encontrado, pero el grueso del juego está completado, todas las zonas descubiertas, todas las grandes runas (y Malenia incluida :D), así que por ahora me voy a tomar una temporada más bien larga alejado de los souls like.

Que ahora mismo lo que me pide el cuerpo después de tanto drama y tensión es irme a disfrutar del mundo de Yupi, con ponis y arcoiris :).

La obra maestra de Miyazaki

horas juego elden ring
La prueba del delito G.G

Hablaba el otro día con un amigo, y le contaba que, curiosamente, Elden Ring me ha quitado las ganas de volver a visitar el resto de juegos de FromSoftware.

Es más, salió al mercado justo cuando un servidor estaba jugando al Sekiro, y la cosa es que no sé si después de haber jugado a Elden Ring, me apetece dar uno o dos pasos hacia atrás y volver a los juegos que le antecedieron.

Esto, lejos de ser una crítica, es todo lo contrario. Creo que Elden Ring ha sabido coger lo mejor de toda la saga Dark Souls, de Bloodborne, de Demon Soul y de Sekiro, empequetarla en un mundo abierto, y entregarla en un juego en el que lo más probable es que siempre tengas cosas que hacer, y más importante aún, QUIERAS HACERLAS.

Se ha escrito ya ríos de tinta sobre el magistral trabajo de diseño de escenarios y el maravilloso equilibrio entre lo que ocurre de forma «escriptada», y lo que podemos considerar que surge de forma espontánea en un mundo abierto, pero es que es cierto que la sensación que muchos hemos tenido jugando este juego ha sido semejante a la que en su día tuvimos con Zelda Breath of the Wild. El mejor juego del año en el que salió, y probablemente (y mira que no soy yo muy de Zeldas) uno de los mejores juegos de las últimas décadas.

El género de los mundos abiertos necesitaba, precisamente, algo como Elden Ring para salir de esa espiral absurda a la que nos ha llevado la industria de manos de gigantes como 2k Games, y juegos como el GTA o los Assassin’s Creed.

Ya sabes a lo que me refiero:

Juegos con mapas enormes, una interfaz que a cada rato te asalta con nuevos objetivos o coleccionables, y una amplia variedad de misiones secundarias que siempre acaban siendo lo mismo (vete y mátame X animales, vete a tal sitio y entrega esta carta, vete a no se dónde y recógeme Y objetos).

En ese entorno, en su día Zelda BOTW nos sorprendió a todos con una propuesta radicalmente distinta:

  • Había un mapa enorme por explorar, pero no había un camino claro de hacia dónde ir más allá del que tu propia inquietud te marcaba (quiero ver qué hay en aquella cima, o en aquella torre…).
  • También había misiones secundarias, pero resultaban ser igual de interesantes que la misión principal.
  • Un juego de mundo abierto que, por simplificar, no te llevaba de la mano, y confiaba en la inteligencia y ganas de explorar ese colorido mundo por parte de los jugadores, sin tener que mostrarles la zanahoria continuamente para que siguiesen.

Pues eso mismo es Elden Ring, pero madurando la idea que en su día llevó Nintendo a un juego mucho más profundo… y complejo.

Como ya comentamos en su día, si algo es identificativo de la obra de Miyazaki, eso es esa forma de contar la historia del mundo desde la desfragmentación de sus elementos:

Hay un anécdota que el bueno de Miyazaki ya la ha contado en más de una ocasión, y es que él, de pequeño, le encantaba leer historias de fantasía. Pero su familia no era muy adinerada, así que no le quedaba otra que irse a la biblioteca pública y degustar las grandes novelas occidentales.

¿El problema? Pues que estas estaban en inglés. Y él apenas sabía inglés, por lo que aprendió a unir los puntos entre aquellas frases que entendía y aquellas que no, y montarse su propia aventura sobre lo que realmente el autor quería contar.

Años más tarde, y ya como productor del que sería el primer souls (Demon Souls), decidió trasladar esa misma sensación al jugador con una narrativa ambiental que dejaba más dudas que certezas, para que seamos nosotros quienes decidamos entender.

Algo que ha ido puliendo con el tiempo hasta este Elden Ring:

Que no hace falta que te ponga una cinemática tras otra para explicarte todo como si fuésemos (aún) niños. Es trabajo del jugador, si quiere, profundizar en el lore leyendo las descripciones de los objetos que encontramos, o simplemente parándose y analizando dónde estamos, cómo va vestido o qué está haciendo ese enemigo, y qué nos ha dicho un NPC.

Es esto, junto con la ya habitual dificultad de sus juegos (Disclaimer: probablemente este sea el más accesible de todos, y en todo caso, hablamos de una dificultad que viene dada por unas mecánicas de muerte y recompensa que son seña de los souls like, y que requieren un aprendizaje previo para ser disfrutadas), es lo que a los amantes de este género, y más en particular de este creador, nos ha mantenido delante del televisor (o monitor) todo este tiempo.

Eso, teniendo en cuenta que las últimas dos semanas he tenido por casa la nueva consola de Valve (que ya sabes cómo somos los geek cuando tenemos un nuevo dispositivo con el que trastear), es mucho decir.

Y ojo, que pese a no poder quitarme de la cabeza otra cosa que el que me parece una obra maestra, y que muy probablemente, como en su día pasó con Zelda BOTW, estemos ante uno de esos puntos de inflexión en la industria, sigo siendo consciente de que no es un juego para cualquier jugador, y por tanto no puedo recomendarlo a la ligera.

Meterse en Elden Ring es meterse, con sus dimes y sus diretes, en la boca de un dragón escupefuego. Es intentar escalar una montaña en canzoncillos. Es, a fin de cuentas, café para los muy cafeteros.

Y quiero dejar un dato para ejemplificarlo:

Solo un 9% de los usuarios que TIENEN Elden Ring en Xbox (donde yo lo he jugado) lo han terminado.

Lo sé porque justo ayer me saltó el logro de haber terminado el juego una vez, y con él, el porcentaje de usuarios que tienen ese mismo logro.

Eso quiere decir que hay un 91% de usuarios que lo han comprado, y por la razón que sea, aún no lo han terminado.

Seguramente un porcentaje significativo porque siguen jugando (recordemos que salió hace apenas un mes largo), pero de seguro habrá muchos más que se acercaron a las Tierras Intermedias, y han acabado quemándose (literal y figuradamente).

Entre ellos, un compañero mío, que tenía un hype terrible por su lanzamiento, lo compró la primera semana (antes que yo, de hecho), y ha durado un par de semanas hasta encontrase contra una de esas barreras invisibles que es el combate contra el primer jefe «real».

Para el resto (ese 9, o ese 20% de jugadores que disfrutan del reto), Elden Ring es una obra maestra. Una manzana envenenada, como la que se comieron Adán y Eva en el Edén.

Y aunque este título no sea para todos, muy probablemente lo que ha marcado acabe, de una u otra forma, impactando en lo que serán los triple A de aquí en adelante.

¡Qué puta maravilla!


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