¿Qué pasaría si todo lo que hiciéramos quedara registrado?

Esta pregunta se la habrá debido de hacer William A. Farrar, jefe de policía de la localidad de Rialto, en California, al decidir equipar a sus policías con diminutas cámaras en un lateral de las gafas o apoyadas en los hombros, con el fin de que el agente las active justo antes de salir del coche patrulla. Las cámaras graban también los últimos 30 segundos en modo apagado, por si éstos son sorprendidos.

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¿Conclusión? Después de un año de uso, y habiendo equipado con esta característica al 50% de la plantilla, hay un descenso del 88% de denuncias por brutalidad policial, y de un 60% de uso de la fuerza, lo que podríamos considerar como un éxito casi absoluto.

Hablamos de los beneficios y perjuicios emocionales del lifelogging hace tiempo, y del peligro de que esta herramienta se use como medio de control por gobiernos y entidades. Un servidor se mostró en contra del uso masificado de la grabación en las calles, siempre y cuando el control de esos datos esté en poder de organismos y no en el de la sociedad.

Sin embargo, experimentos como estos, en contextos limitados, se alzan como una herramienta de gran interés, que aún hay que pulir (eso de que sea el policía quien active o desactive la cámara me parece cuanto menos peligroso, pudiendo controlarse mediante acelerómetro y/o bluetooth), y que podrían ayudar a que la gente (policías y ciudadanos) sean más cívicos.

El terror a la cámara paradójicamente nos vuelve más humanos, menos animales, y tendemos a comportarnos como sabemos que debemos comportarnos.

Surge entonces la duda: ¿Permitimos el uso limitado de esta herramienta para fines sociales, con el miedo de que acabe por usarse con muchos otros fines, o nos evitamos este posible peligro, perdiendo en el camino todas las ventajas que ello propone?

Si se abre la puerta, es difícil luego asegurarse que no se está abusando de ello. Ahora son los polícías, pero quién dice que no se aproveche ese potente vector de información móvil para agregarlo al resto de cámaras fijas que a día de hoy ya registran nuestra actividad cerca de bancos, tiendas y transportes urbanos.

La videograbación masificada unida al potencial del Big Data como elemento de control gubernamental. Unos datos que ya pertenecerían al gobierno, y que podrían ser usados “por el bien de los ciudadanos” para predecir futuros actos violentos (o de rebeldía). El principio del Gran Hermano del que hablaba George Orwell en su ya clásico 1984 (Enlace de afiliado).

Una visión catastrofista, lo acepto, pero posible a fin de cuentas.

Y más aún. Está claro que toda esa fuente de información en manos equivocadas es un peligro real, pero qué hay de todo ese basto conocimiento de nostros mismos que día a día vamos colgando de forma distribuida en la red. Con la pronta llegada del wearable computing (sino está ya con nosotros), y en especial con los proyectos de realidad aumentada como las Google Glasses, dispositivos continuamente conectados y recopilando información del entorno que es guardada en nubes de empresas comerciales, la privacidad acabará poco a poco transformándose en otra cosa.

Tú puedes decidir (a sabiendas de todo lo que te pierdes), no tener perfiles sociales en la red, pero llegará el momento en el que no podrás evitar que exista un rastro digital de tu persona, bien sea por fotos de tus amigos, por comentarios que han sido recogidos por un transeúnte cercano, o por una aparición estelar en el vídeo que está grabando cualquiera cerca de tí.

El sentido común nos dice que seguramente, cuando llegue el momento, todo tiende a equilibrarse. Ni tanto ni tan poco. Lo cierto es que un gobierno (democrático, se entiende) tiene que salvar diferentes frentes para llevar a cabo una reforma que le permita controlar a los ciudadanos vulnerando su derecho a la privacidad, aunque el peligro está ahí.

¿Seguir adelante y aprovechar las ventajas de estas herramientas, o cerrarse al cambio, evitando así futuros y probables vectores de ataques a nuestra intimidad? ¿Qué opináis?