blanco y negro

AMOR.

Sí, AMOR. Con mayúsculas y todo.

¿Alguna vez lo has sentido? Con tus hijos, con tu pareja…

Y no me refiero a estar orgullosa de sus actos. Al aprecio de una vida juntos. Al pragmatismo que nos mantiene, por interés, unidos.

Hablo de esa fuerza intangible e irracional que nos hace ilusionarnos cuando esa persona nos dice algo, a sentir nostalgia cuando no estamos con ella.

El amor es un sentimiento tan humano como lo ha sido la ira, la tristeza, la alegría. Las ganas de experimentar por el más puro placer de vivir esa experiencia, y no con el único objetivo de compartirla.

La historia de nuestra civilización se ha forjado gracias a esa fuerza irracional que ha movido durante milenios los engranajes de nuestra sociedad. Con guerras, sí, con múltiples pasajes oscuros, y también con la avaricia, el odio y el dolor, pero sobre todo con el intenso aroma de la gratitud, de la solidaridad. Y por supuesto, del AMOR.

Parece por tanto anecdótico pensar que ha sido el miedo, otro sentimiento humano, el que nos ha llevado a crear una sociedad aislada de aquello que en su día nos hizo humanos.

Nuestros convecinos no sienten. Yo misma he vivido durante décadas en ese continuo blanco y negro de una sociedad moderada farmacológicamente.

¿Cómo explicarles por tanto, a aquellos que siempre han visto el vaso medio vacío, que queda aún un mundo entero fuera de lo que sus sentidos, atrofiados por la mejora farmacológica, les permiten experimentar?

Que la realidad es exactamente la misma para los de fuera que para los de dentro, pero que en nuestro afán de desterrar los males que azotan a la irracionalidad humana hemos también anestesiado nuestras principales virtudes.

Y si no, observa esta flor que tengo en la mano.

Es tan bella como objetivamente lo son todas las creaciones de la naturaleza. Pero tus ojos son incapaces de enseñar a tu cerebro que esa magistral gama de grises es, realmente, solo un reflejo de la infinita gama de tonalidades que la luz es capaz de ofrecernos al acariciar su esbelto cuerpo.

Que existe un concepto llamado color que se nos ha sido privado, y que es la base en la que se yergue el resto de sentimientos de los que hoy en día la Sociedad Moderada carece.

Al igual que ocurre con su tacto, que es suave y homogéneo, pero también nos enseña la fragilidad y delicadeza con la que fue creada.

Y ya ni hablemos del embriagador aroma que desprende. Porque más allá de ser «cómodo» al olfato, que sería la definición que uno de nuestros convecinos daría, nos traslada a una inmensidad de recuerdos de nuestra infancia que teníamos profundamente adormecidos hasta el momento.

Esta flor es, en esencia, un cántico a todo aquello que hemos extraviado en la búsqueda de una sociedad lineal: sin contratiempos, pero también sin libertades ni experimentación.

Porque la vida en blanco y negro es menos vida. Porque resulta imposible comprender aquello que nos perdemos al dejar volar nuestros sentimientos cuando escuchamos música. No por el simple divertimento vacío, sino por lo que nos produce a nivel interno esa consecución de notas.

Y para cualquiera de los «anestesiados» esta reflexión les parecerá resultado de una mera locura. Y en cierto modo, como ocurriera en su día con la magia, hay un factor de locura innato en todo movimiento que ahonda en los límites de la realidad pactada.

Sencilla y llanamente no podemos permitir negarnos a una parte de la realidad (la que da sentido, para colmo, a nuestra existencia), por los errores del pasado.

Una sociedad sin guerra, sin avaricia. Una Sociedad Moderada es mucho más segura que la Barbarie de los de fuera. Pero ellos, con todas sus limitaciones, llevan una vida muchísimo más intensa. Muchísimo más real.

Que en nuestro afán de trascender como especie nos hemos autoimpuesto una vida de ecos, de ilusiones de lo que realmente somos capaces de experimentar.

Y no digo que de la noche a la mañana desterremos toda evolución médica y dejemos que el libre albedrío de la naturaleza siga su curso, sino más bien que la mejora farmacológica impuesta por nuestros antecesores pase, en un primer término, a opcional.

Es deber de nuestra sociedad aprender de los errores del pasado, luchar contra el mal de los sentimientos, pero también permitir a nuestras gentes vivir una vida completa.

Nuestra sociedad se levanta bajo el paraguas de la neotenia afectiva, y pese a que ello nos ha llevado a un panorama social garantista, no está falto de las mismas desigualdades a las que en su momento tuvieron que enfrentarse nuestros antepasados.

Las manifestaciones de hace unos años han demostrado que hoy la sociedad demanda una nueva política más humana y menos proteccionista. Una sociedad en la que cualquiera tenga las mismas posibilidades de prosperar indistintamente de la familia de la que provenga. De la influencia que tenga su perfil de Reminder. Que la experimentación sea la norma, y no la excepción. Que se premie la diferenciación, y no tanto la homogeneidad.

Y yo os prometo que lucharé porque así sea.

Es hora de volver a recuperar lo que nos hizo grandes en su momento. Es hora de volver a nuestras raíces, y tomar nuevamente el pulso de nuestro porvenir.

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Extracto del discurso de investidura del Presidente, elegida gracias al apoyo mayoritario de los subs tras una campaña fuertemente marcada por el intervencionismo de los canales de comunicación masiva.

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Inspirada en la obra de Lois Lowry, The Giver, que ahonda en el impacto de una sociedad utópica regida por una farmacología obligatoria que les bloquea sus instintos, y de cómo la historia es puramente cíclica.

Puedes leer más de estas piezas distópicas bajo el tag Relatos.

También tienes a la venta la versión digital y física (tapa blanda) de esta serie, con un epílogo y un relato exclusivo.